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Congregación Unitaria Universalistas

La Mejor Venganza

*Rev. Kendyl Gibbons,

    Seguramente todavía nos quedan otros principios por aprender. Seguramente hay mucho por decir, sufrir e intentar para poner en práctica estos siete principios. Queda toda la jornada de la vida para experimentar, y dada nuestra finitud, ninguno de nosotros aprenderá todo lo que tienen que enseñarnos. Y a través de todo esto fluye la corriente de poder sagrado, desatada e innominada, pero tan real y tan dada como cualquier otra que conozcamos.
    Vivir bien es la mejor venganza, el mayor desquite. Al principio asumí - en parte debido a que estaba en una bandeja - que el lema se referiría a vivir bien en el sentido material; que si la comida es buena, el lecho blando y el hogar de la chimenea está caliente, ¿para qué molestarte con preocupaciones por los agravios que alguien te inflingió, porque de todas formas qué más podrías desear que no tuvieras ya? Y entonces, de nuevo, comencé a pensar el lema en el sentido moral, en el que si tú eres una buena persona, y tienes la satisfacción de saber que tu integridad está intacta, ¿por qué habrías de arriesgar esta satisfacción por la dudosa recompensa de la venganza? Pero últimamente, conforme pienso en ello, me parece que la afirmación podría ser escuchada en un nivel aún más profundo. ¿Qué significa, en realidad vivir bien? Pienso que, tal vez, para el momento en el que uno ha construido una respuesta satisfactoria para esa pregunta, y la ha puesto en práctica en la propia vida, no quedará ni tiempo ni motivación suficiente para la venganza.
    Así que todo nos lleva a esta pregunta: ¿Qué significa vivir bien? Y me parece que esta pregunta, aunque no aparezca al principio de la mayoría de los catecismos, es la pregunta fundacional de toda religión. Toda moralidad, todo ritual, toda caridad, toda especulación teológica, tiene su origen en una hipótesis sobre cómo podría la gente ser capaz de vivir mejor de lo que vive actualmente - ya sea a través de aplacar a una deidad iracunda por medio de sacrificios, o de llegar a un entendimiento más profundo del amor de Jesús, o de vaciar a la conciencia de la personalidad.
    La mayoría de las tradiciones religiosas comienzan su respuesta a esta pregunta sobre lo que significa vivir bien con un recuento de la naturaleza del universo. "Esto es lo que sabemos sobre cómo es el mundo, y sobre los seres humanos, y sobre las fuerzas del universo, lo que incluye a Dios, o el diablo, o el karma, o si otro poder está involucrado en la construcción de nuestra experiencia". Y ese conocimiento usualmente ha sido - como lo sugiere el sociólogo Peter Berger - objetivado y apropiado como poseedor de mayor autoridad que si se considerara como simple fruto de la experiencia humana. La revelación directa y la inspiración literal se invocan para hacer que el conocimiento del universo y sus características descritas por cualquier tradición religiosa dada aparezcan como la única posibilidad prefijada, inherente, infalible, inalterable, más allá de la influencia o el error humano.
    Pero entonces aquí estamos nosotros, muchos somos individuos inconformistas (drop outs) que buscamos libremente nuestro propio camino - con independencia de las convenciones establecidas - , y que representaríamos fallas en el proceso de socialización que describe Berger. Porque no hemos internalizado las estructuras objetivadas del universo que nos fueron presentadas; no hemos ordenado nuestra conciencia y, por tanto, nuestra capacidad para la experiencia, de acuerdo con las hipótesis prevalecientes sobre los orígenes últimos y el significado del universo. Por lo tanto, no participamos de la seguridad de aquellos que han aceptado cualquiera de las teorías disponibles sobre el plan y el propósito de la vida. Somos, en algún sentido, más como aquellos que Berger describe como caídos de una "relación correcta" con el cosmos sagrado; abandonados a la orilla del abismo del sinsentido.
    Ese terrible acantilado, con su abrupta y vertiginosa caída hacia el vacío, es el lugar de inicio de toda religión. En respuesta a sus ansiedades, la mayoría de la gente acepta un cosmos sagrado, una estructura de significado preestablecida, y lucha para conformar sus experiencias para que se ajusten a ella. La tradición liberal enfoca este problema de la otra manera asequible. Comenzamos a partir de considerar nuestra experiencia como algo dado, y trabajamos en la tarea continuada de construir un cosmos sagrado que se apegue a nuestra experiencia.
    Como mónadas individuales, es bastante fácil rechazar la construcción social de la realidad y mantener una clase de integridad solipsista. ¿Pero qué sucede cuando deseamos participar en el diálogo que descansa sobre esa construcción? ¿Qué sucede cuando descubrimos que, como lo sugiere Berger, necesitamos de la interacción social con el objeto de crear y mantener nuestra propia humanidad, en la que de hecho estamos inmersos - en instituciones, en relaciones humanas, en tradiciones intelectuales - y no existe la posibilidad de conocer nuestra "propia" experiencia por fuera de ella?
    Ahora que, debe concederse en este punto que ni Unitarios ni Universalistas han representado nunca realmente, en la práctica, el rechazo de las estructuras sociales. No se llega a ser la élite intelectual y financiera de la Costa Este, o el pilar del Medio Oeste y la frontera, objetando y desafiando las premisas básicas de la cultura circundante. Ni se llega a ser la clase media excepcionalmente bien educada y próspera de la que se nutren nuestras filas en la actualidad. Por lo general, no son las actividades o funciones de la sociedad lo que los liberales religiosos han rechazado, sino más bien el conocimiento presupuesto sobre el que se basan estas estructuras. Esto nos deja en una posición precaria, un poco como la del Coyote luego de que el Correcaminos lo llevó a sobrepasar un risco y se da cuenta sobre el aire de su situación. En la medida en que prosigue su búsqueda original, fácilmente termina sobre el aire, en medio del vacío. Pero en el momento en el que se da cuenta de que no hay más terreno firme bajo sus pies, da muestras de una sorpresa alarmada y se desploma.
    Funcionamos bien en la sociedad, la mayoría de nosotros, liberales religiosos. Lo que frecuentemente nos resulta difícil es sondar las profundidades de esa vida, identificar el significado y los recursos que persisten más allá de una visible prosperidad. Tomamos en serio nuestra vida, y queremos vivir bien, pero frecuentemente es difícil descubrir lo que eso significa.
    Creo que esto es por lo que venimos cada semana el domingo por la mañana, por lo que dedicamos nuestro precioso tiempo libre para mantener en funcionamiento esta institución, y nuestro dinero para pagar sus cuentas, y nuestros dolores de cabeza y de corazón para colaborar en la resolución de sus problemas. Buscamos algo, y pienso que lo que buscamos trasciende la estimulación intelectual, aunque ciertamente la incluye, e incluso trasciende a la comunidad y al compañerismo, pese a que la fraternidad es una parte importante de esto. Lo que buscamos es guía y apoyo en el proyecto de vivir bien; la sabiduría de las experiencias de los otros, así como la sabiduría de la raza humana, la camaradería y el compartir - que es una parte esencial de vivir bien - , y el espacio, tiempo y enfoque que nos permitirá entrar en contacto con esas profundidades vulnerables en las que no hay estructuras, sino tan solo las desnudas, primigenias y poderosas esencias de la vida y el ser.
    Esta es una ventaja de la religión tradicional - que proporciona a sus adeptos reglas, esquemas y estructuras que sirven para hacer menos arriesgado un encuentro con aquellas profundidades. Tienen nombres para el bien y para el mal, nombres para el poder, y palabras, gestos, ambientes y escenarios para invocar el poder sin ser agotados por él. La religión liberal no ha construido un muro de costumbres y rituales entre el individuo y aquellas fuerzas enfrentadas del orden y el caos. Al hacer frente al poder de la vida, aquellas experiencias religiosas primarias constitutivas - ya sea a una sofocante aflicción o a un desmedido gozo - las tenemos sin la defensa de frases y conceptos que domesticarían al poder. Y en algún sentido no las tendríamos de ninguna otra manera. Hemos venido aquí, muchos de nosotros, precisamente para escapar a la barrera de creencias que se interponía entre nosotros mismos y nuestra experiencia, y cualesquiera que sean los peligros y los costos, preferimos vivir sin ese muro. Eso es parte de lo que queremos decir con vivir bien.
    Existe, en cualquier caso, otro aspecto de esa elección, uno que también tiene implicaciones para nuestro buen vivir. Al haber rechazado las fórmulas tradicionales por las que otros estructuran y manipulan el caos sagrado, también hemos renunciado a los nombres por los que aquellas fuerzas sagradas son convocadas. Sin duda contamos con una ética, y con integridad intelectual, y fraternidad. Pero también estamos en una posición en la que debemos buscar un nuevo mapa de caminos hacia el espíritu, nuevas maneras de hablar y pensar sobre aquella dimensión de la vida que lleva el hilo conductor del significado, aquella "maravilla y sorpresa que siempre surge en el alma, incluso cuando las manos tallan la piedra o tensan el telar". Mi experiencia me convence de que vivir bien, realmente bien, no es posible sin ese acceso, y de que resulta absolutamente esencial alguna forma de entendimiento y goce de la experiencia, como sea que la llamemos.
    Este es el reto que hemos asumido, como liberales religiosos; vivir sin la guía del dogma y, al mismo tiempo, no perder el poder y la belleza de lo verdaderamente sagrado en nuestras vidas. No puedo afirmar con seguridad que sé exactamente cómo hacerlo, porque no es algo que pueda ser reducido a una fórmula, y todos debemos resolver nuestra propia relación con los poderes sagrados del universo, tanto como debemos establecer por nosotros mismos lo que para nosotros significa vivir bien. Sin embargo, creo que podemos hacer mucha de esta labor y de esta búsqueda juntos, y también creo que - en tanto que alguien cuyo llamado es ofrecer liderazgo en ese proceso - tengo la responsabilidad de expresar con claridad desde el principio cómo enfrento yo misma este desafío..
    Para mí, el único punto de inicio posible es la experiencia; mi propia experiencia - lo que sé porque lo he visto, tocado, o me ha sucedido - y tu experiencia - lo que he aprendido a través de lo que otros me reportan - es la experiencia humana común. Por mi propia experiencia, tomo prestado un término de la física. En realidad, me fue dado por mi maestro de física del bachillerato, quien nos distribuyó a los estudiantes pequeños carteles, uno de los cuales decía "Ayuda a eliminar la entropía". No tenía ni siquiera una idea nebulosa de lo que era la entropía, y cuanto más trataba el maestro de explicármelo, más intrigada me sentía. Así que hice una poca de investigación, escribí un ensayo al respecto, y finalmente llegó a ser para mí un concepto teológico muy importante.
    Me atrevo a decir que hay cualquier cantidad de gente aquí que podría hacer una mejor explicación de la segunda ley de la termodinámica que yo. Lo que sé de la entropía es que se trata de una tendencia hacia un estado de indiferenciación y desorden. Si tienes una caja para zapatos, con un montón de azúcar, de un lado, y un montón de sal, del otro lado, resulta muy fácil obtener una caja para zapatos con una mezcla de sal y azúcar. Y es muy difícil separar los dos montones de nuevo. Esto es la entropía. Dos ladrillos, colocados uno junto a otro, finalmente tendrán la misma temperatura, conforme las moléculas lentas del más frío incrementen su movimiento, y las moléculas que se mueven con rapidez, en el más caliente, se muevan con mayor lentitud. O en las inmortales palabras de mi madre, al intentar explicarle el concepto , "Todo se pone lento, se enfría, y queda hecho un desorden. Ve y limpia tu cuarto".
    Esta tendencia hacia el desorden, la monotonía, la falta de calor o movimiento relativos, es algo que experimento en todo lo que me circunda, y considero que tiene aspectos físicos, morales y mentales. Siempre hay una tentación de no preocuparse, de no intentar hacer algo al respecto, de simplemente dejar que las cosas sigan su curso de una u otra forma. Estamos sujetos a la entropía debido a que somos producto de un universo gobernado por la entropía, y la broma del cartel que nos dio mi maestro está en que no hay forma de deshacernos de ella.
    Lo que conozco de nuestra experiencia común es el dolor. El gozo humano es una mercancía más bien rara, y el amor es una combinación ambigua de experiencia e intenciones, pero el dolor es una parte de vivir que cada ser humano individual comparte. Nadie escapa al dolor físico y, además, está esa enloquecedora variedad del dolor emocional. Somos inevitablemente compañeros de sufrimientos, y a partir de ahí, una vez que lo enfrentamos, podemos derivar mucho para nuestra comodidad suprema.
    Lo que sé de aquellos que se han ido antes que yo en este planeta es la muerte. No es parte de mi experiencia personal, pero se trata de una manera de acomodar mi mobiliario teológico, porque sé que eventualmente, también yo, y todos aquellos que me son queridos, debemos seguir el mismo camino.
    Estas cosas son mi punto de partida, como para que la premura de todas las cosas, como dice Frost, lo desaproveche; que estar viva es vivir con el dolor presente y la perspectiva de la muerte. No hay nada en mi experiencia que sugiera inmortalidad, eternidad, infinitud ni he encontrado ninguna afirmación confiable externa del significado o de los requerimientos de la vida. Lo que tengo es el hecho temporal, vulnerable y comprometido de estar viva, aquí y ahora, y una determinación a obtener mi mejor venganza de este universo caprichoso al vivir bien.
    Un bordado colonial traía la pregunta, "¿Amáis la vida?", y advertía a continuación, "Entonces no desperdiciéis el Tiempo, porque es la cosa de la que está hecha la vida", y uno de mis colegas una vez me dijo que el aburrimiento sólo es una prerrogativa de la inmortalidad. Vivir bien no es un estado estático, que se logre al final de aventuras y luchas, al estilo de: "y vivieron felices para siempre". No podemos permitirnos el lujo de esperar hasta que las herramientas y circunstancias apropiadas estén colocadas en su lugar correcto para decir, "Ahora comenzaré a vivir bien". Vivir bien, si es que alguna vez ha de lograrse en algún sentido significativo, debe hacerse en el proceso de la lucha, en medio de los ajetreados e improvisados momentos provisionales de nuestras vidas. Vivir bien no es vivir sin dolor, porque mucho de lo que sé sobre ello me fue enseñado por aquellos que lo hicieron, quienes vivieron verídica y graciosamente, y bien bajo gran tensión o con profundo dolor.
    Más bien, vivir bien tiene que ver con ese momento de aplomo, gracia y equilibrio en la danza en curso de la vida, cuando el movimiento y la música se concatenan. Tiene que ver con un sentido de rectitud, de conexión y satisfacción, un sentido de que aún si la entropía y la muerte son la palabra final del universo, hemos hecho del tiempo que nos fue dado algo precioso y digno de respeto. Es un momento de armonía con el universo, y aceptación de las condiciones en que se plantea la vida como nos son dadas, así como de lo que hemos hecho de nosotros mismos. Es un momento en el que los remansos sagrados por fuera de nuestra vida ordinaria, no definidos ni domesticados, se hacen poderosamente presentes.
    Porque aunque la entropía puede ser la palabra final del universo, no es la única palabra. Hay una fuerza; tiene que haberla, dado que podemos ver su obra - una fuerza que tiende, como lo dice Whitehead, hacia el incremento de la complejidad e intensidad del sentimiento. Hay una fuerza que conduce la evolución, que impele a la célula a dividirse, y a la música a formarse en el cerebro del compositor; una fuerza que nos llama a la misericordia y a la justicia, una fuerza que nos lleva a aprender y preocuparnos. Podría ser tan solo un remolino en la marea de entropía y muerte, pero somos su producto, evolucionado a partir de nuestros dos pies con nuestros cerebros de gran tamaño, mi experiencia hasta ahora es que vivimos bien en la medida en que vivimos en armonía con aquellas tendencias y en conformidad con aquellos principios. La entropía no es una personalidad autoconciente y capaz de tomar decisiones, ni tampoco es esta otra fuerza, ni tiene valores morales - excepto los que le asignemos. Pero conforme avanzamos en nuestro camino hacia la muerte, paciente e implacable en el otro extremo del tiempo que compartimos, y al luchar con las cargas de nuestros sufrimientos, únicos y demasiado comunes, esta tendencia fluye como un hilo dorado de posibilidades a través de todos nuestros días. Podemos vivir bien. Podemos hacer del tiempo disponible para nosotros algo digno de nuestras mejores aspiraciones. Podemos hacer uso de esa fuente, de ese recurso de esperanza y significado, cada uno a nuestra manera.
    A veces pienso que sé muy poco sobre esa fuente. No sé cómo funciona, ni a qué conducirá finalmente; conozco los nombres que el respeto, el amor y el temor le han dado, pero desconozco su nombre final, si es que tuviera uno. Nunca la he visto cara a cara, bajo la severa luz de la prueba intersubjetiva. Pero ha tocado mi vida; me ha empujado fuera de la orilla de ese abismo de la nada, y ha sido el suelo bajo mis pies en el fondo desesperante de la caída. Me ha elevado hacia gozos que nunca me gané, me ha llevado, sonriendo, hacia arenas movedizas, y me ha tentado hasta que penosamente salí. Ha curado mis viejas heridas, y me ha dejado mil veces más vulnerable hacia el mundo de lo que hubiera sido sin ella. Está en el señuelo de lo desconocido, en el atractivo de lo descuidado, en la atrocidad de lo injusto. Es amor, coraje, verdad y algo que fluye chispeante por debajo de todos ellos, atándolos indisolublemente. Es el por qué me paro en este púlpito, y es lo que pienso que buscamos al venir juntos aquí.
    Esto es por lo que trabajo, en la jornada que hemos emprendido juntos, un mejor conocimiento y una más profunda experiencia de esta fuerza, para mí, para cada uno de ustedes, para todos nosotros como comunidad. No podemos evitar la muerte, no podemos evitar el derrumbe de todo lo que construimos y el desvanecimiento del recuerdo, no podemos evitar lastimar y ser lastimados. Todo lo que podemos hacer es desquitarnos por esta absoluta finitud usándola, exprimiendo tanto gozo, significado, intensidad y amor como podamos, dentro del tiempo que tenemos, y según como sabemos.

*Himno:    Vayan en Paz     

    Vayan en paz, vayan en paz.
      Pueda el amor rodearlos siempre,
        por doquier, por doquier,
          que vayan.
    *Rev. Kendyl Gibbons, Primera Sociedad Unitaria de Minneapolis, 31 de enero de 1999 (Traducción de Francisco Javier Lagunes Gaitán ) http://firstunitariansociety.org/sermons9899/ser013199.htm